JAPÓN: Capítulo 9

JIGOKUDANI MONKEY PARK – NAGANO

 

Y por fin había llegado uno de los días más esperados del viaje para mí, la visita al parque ¡Jigokudani Monkey Park! La principal razón por la que estábamos en Nagano. Teníamos muchas ganas de ver a aquellos monos tan graciosos en su propio hábitat. Los habíamos visto en muchos documentales mientras se bañaban en las aguas termales y parecían estar extasiados y no podíamos visitar Japón y no verlos, o eso es lo que pensábamos nosotros.

Ese día al levantarnos y mirar por la ventana de nuestra habitación vimos que llovía bastante. Nosotros siempre llevamos un par de paraguas pequeños cuando vamos de viaje, sin embargo, después de los días tan calurosos que pasamos en Tokio, nos habíamos olvidado de ellos por completo, de hecho, ¡pensábamos que habíamos sido muy exagerados con llevarlos! Pero no, los íbamos a utilizar… Tengo que decir que a pesar de lo “engorroso” que pude ser hacer turismo con lluvia, Nagano tenía un encanto especial.

Nos vestimos y fuimos a tomar el desayuno. He de decir que nos costó un poco adaptarnos al pequeño buffet de este hotel, ya que en su mayoría la comida era japonesa. Por lo que apenas comimos unas tostadas y unos panecillos, que era lo único que tenían para los turistas. Os tengo que confesar que el tema de la comida nos estaba empezando a pasar factura, y para ser sinceros, echábamos de menos nuestra fruta, nuestra comida… Creo que ha sido el viaje, hasta el momento, en el que más he añorado la comida española, algo que no me suele pasar generalmente.

Viendo que llovía, confirmamos las temperaturas y habían bajado un poco en comparación con el día anterior. Como íbamos a ir a una zona de montaña, en la que probablemente haría mucha humedad que haría aumentar la sensación de frío, decidimos abrigarnos al máximo para estar bien protegidos y no caer enfermos. He de decir que como nosotros planeamos con tiempo los viajes, habíamos visto que podría suceder esto, por lo que con la paranoia de no pasarlo mal decidimos comprar una cazadora impermeable y de plumas súper ligera (una cazadora de esas que se mete en una bolsa pequeña y apenas ocupa espacio en la maleta). Y bueno, gracias a esa paranoia estuvimos calentitos todo el viaje y en todo momento.

Esta excursión la habíamos reservado el día anterior en la oficina de turismo de la ciudad y os aclaro, por internet vimos que salía más caro, por lo que nos pusimos en contacto con la gente de turismo de Nagano que nos aconsejaron que contratáramos la excursión el día antes a la fecha que queríamos ir y todo presencialmente. Así que eso fue lo que hicimos, sin embargo, en vez de darnos los tickets el día anterior, nos dijeron que pasáramos antes de subirnos al autobús. Cosas de japoneses que solamente entienden ellos…

Nosotros, como no sabíamos muy bien cómo iba a ir el día, si habría algún sitio para comer o no, decidimos volver a la panadería – restaurante del día anterior en la que nos sirvieron el tomate con carne (si quieres leer este detalle te recomiendo que leas el (Capítulo 8) y nos compramos unos sándwiches por si acaso.

Una vez entrada en mano, nos dirigimos a la estación de autobuses que estaba justo al lado de la de tren. Cuando llegamos nos encontramos con el conductor que parecía ansioso por empezar a trabajar y llevarnos al parque o eso nos pareció porque no paraba de subir y bajar del autobús, controlando que todos los que íbamos a visitar el parque subiéramos sin esperas al autobús.

A medida que la gente fue llegando y fueron subiendo al autobús nos encontramos con otros turistas de habla latina (eran argentinos). Al escucharnos hablar en español nos saludaron para intentar la típica conversación tipo “¡Qué bien alguien que habla español! Me pego a ti todo el día…”  Pero nosotros, como siempre, fuimos educados y correctos, pero manteniendo las distancias. Seguro que les parecimos unos bordes porque la gente no suele hacer esto, más bien lo contrario, pero nosotros tenemos claro que queremos vivir la experiencia de viajar lo más auténticamente posible porque nos cuesta mucho esfuerzo viajar y por ello, somos capaces de alejarnos de todo lo que nos recuerde a nuestro idioma o cultura española para sentirnos realmente en la otra parte del mundo.

Desgraciadamente el camino en autobús no lo recordamos porque nos quedamos dormidos, por lo que no puedo decir si fue bonito, feo… Yo creo que fue un poco todo lo que nos hizo quedarnos fritos: el día, el cansancio, la lentitud del conductor (en ningún caso superó los 70km/h) y las dos horas de trayecto que nos esperaba… Yo sé que cuando abrí los ojos, ya habíamos llegado a nuestro destino.

El conductor nos dejó en medio de unos campos de arroz al lado de tres casas y con señas nos indicó que siguiéramos el camino. Se diría que era como una aldea en la que apenas vivían unas cuantas familias y en la que había un ryokan, que sería el único alojamiento que daba el servicio para la gente que visitaba el parque.

Lo que más nos llamó la atención de esta pequeña “aldea” fue que la canalización del agua estaba externalizada, justo al borde de la carretera, sin apenas protección, viendo como el agua, que era caliente, bajaba calle abajo. Debido a la baja temperatura exterior se podía ver una pequeña nube de vapor que rodeaba esta canalización. Fue algo muy curioso que no nos hemos encontrado en ningún otro lugar. Ahora que lo pienso mejor, al no tener ningún tipo de protección, cualquier persona que pasase por allí podría contaminarla de alguna manera, pero estaba claro que eso ni se les pasaba por la cabeza porque ellos no contemplan que alguien pueda hacer eso… Me encanta la inocencia que tienen ante la maldad de otras culturas.

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Cuando llegamos a la pequeña aldea

Siguiendo las indicaciones que nos encontramos, nos adentramos en un bosque en el que un sendero de 1km o 1.5km aproximadamente nos llevaría a la oficina de interpretación del parque. Este parque, el Jigokudani Monkey Park, como os dije al principio del capítulo, es famoso porque estos monos japoneses, que se llaman macacos japoneses o también conocidos como los monos de la nieve, son monos salvajes que se bañan en una fuente de agua termal natural como un acto social y de relajación, un comportamiento muy humano ¿no os parece?

Los bosques que estábamos recorriendo pertenecen al Valle Jigokudani en Yamanouchi. Os quiero explicar una curiosidad: Jigokudani en japonés significa “el valle del infierno” y es un nombre muy común para los volcanes de Japón, ya que debido a la actividad volcánica producen manantiales de agua caliente.

El sendero que estábamos siguiendo estaba lleno de barro y por todo el trayecto íbamos pegados a la canalización de agua caliente. El bosque era muy frondoso y estaba cubierto con niebla de la mañana, un escenario de cuento, los dos solos, caminando por un bosque recóndito… Si alguien nos hubiera dicho los días anteriores, cuando pasamos tanto calor, que estaríamos en un escenario como éste no nos lo hubiéramos creído.

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Jigokudani Monkey Park

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Jigokudani Monkey Park

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Jigokudani Monkey Park

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Jigokudani Monkey Park

Charlando y charlando fuimos avanzando por el bosque. Por el camino vimos algunos guardas forestales en moto, que era el único medio de transporte que utilizaban para moverse con agilidad por allí. Pudimos ver el trabajo de conservación que realizaban y es que cada cierto tiempo, el guarda se bajaba de la moto y controlaba que la canalización de agua termal no estuviera llena de ramas u hojas que pudieran obstaculizar el paso de agua. Otra de sus funciones, que la descubrimos cuando llegamos al parque, era la de la búsqueda de macacos para controlar que todos estuvieran sanos y salvos.

Pero mientras estábamos hablando de todo el trabajo que realizaban los guardas, de lo bien conservado que estaba el bosque, delante nuestra, nos encontramos con dos turistas ingleses que muy alterados nos pidieron por favor que nos quedáramos en silencio y quietos. Sin pedirles explicaciones, les hicimos caso y realmente valió la pena.  De repente, por nuestro camino, nos encontramos con un macaco que iba paseando tranquilamente. Lo vimos tan cerca que se nos paró la respiración y es que fueron sensaciones encontradas: por un lado fue sorprendente de poder tenerlo tan cerca pero, por el otro lado, sentimos miedo porque aunque sabíamos que no se inmutaban ante los humanos, su instinto agresivo está ahí y no sabes cuándo lo pueden sacar a flote.

Pero a pesar de todo lo que pasaba por nuestra cabeza, el mono solamente se paró un instante y siguió su camino desapareciendo por el medio del bosque. Os dejo el vídeo de ese momento.

Después de otro buen rato caminando llegamos al final del trayecto, el lugar dónde se encontraba la oficina de interpretación. Allí había un río con un caudal razonable y con aguas movidas y un viejo ryokan.

Cuando llegamos a la oficina de interpretación, nos encontramos que ¡estaba cerrada! En la puerta, los guardias del bosque habían dejado un cartel en inglés que decía que los monos estaban paseando por el bosque y que nos les apetecía bañarse. ¿Os imagináis cómo se nos quedó la cara? ¡Estábamos flipando! Pero bueno, había una frase que nos daba algo de esperanza porque también decían que los guardas estaban buscándolos por el parque para animarlos, mediante sonidos, a que se dirigieran hacia donde estábamos nosotros y se dieran un baño.

No quisimos que la decepción que sentimos se apoderara de nosotros, así que decidimos matar el tiempo paseando por la zona del río observando las viejas casas de madera que estaban plantadas justo encima del río, nos sacamos algunas fotos, nos sentamos, charlamos un ratito… y cuando nos cansamos, decidimos regresar al centro de interpretación.

Allí había una especie de zona de espera con bancos, libros en los que te explicaban el comportamiento humanizado de estos macacos, fotografías de estos macacos que habían ganado concursos, fotos de los nacimientos que había habido en el último año… Y mientras estábamos esperando, la gente iba llegando, siendo finalmente alrededor de unas 15 personas allí dentro.

Pero el tiempo iba pasando, nadie nos decía nada y esperando y esperando nos dio la hora de la comida. Gracias a nuestra previsión pudimos matar el hambre que nos entró ya que allí ¡no había ni una máquina de refrescos ni nada! De hecho, nos dio algo de reparo comer delante de toda aquella gente, porque nos miraban con hambre…

Pero a pesar de todo, nosotros ya veíamos que algo no iba bien, poco a poco nos estábamos mentalizando de que nos íbamos a ir del parque sin poder ver a los macacos bañándose… Y finalmente, ocurrió lo que todos teníamos en mente, pero no decíamos en alto. Muy amablemente y en un inglés pobre, nos dijeron que el refugio se cerraba, que los guardas no habían podido “seducir” a los monos de que se fueran a bañar en el agua termal y que lo sentían mucho.

La decepción fue un sentimiento que nos invadió en un primer momento, pero analizando la situación por el sendero de regreso a la pequeña aldea, entendimos que los macacos no quisieran meterse en aguas calentitas en plena primavera. Por lo que siempre le estaremos eternamente agradecidos a aquella pareja inglesa ya que, gracias a ellos, pudimos ver el único macaco del viaje.

Chequeando los horarios del autobús de regreso nos dimos cuenta de que ¡faltaban dos horas todavía para que vinieran a por nosotros! Por lo que nos perdimos un poco por aquella zona para matar el tiempo. Sin darnos cuenta llegamos a una zona dónde pudimos ver un telesilla y nos dimos cuenta de que seguramente allí en invierno la gente iría a esquiar. Vimos que había un grupo de trabajadores que estaban realizando trabajos de mantenimiento imaginamos… Y allí, un hombre se nos acercó para hablar con nosotros. Empezamos a entablar una pequeña conversación preguntándonos las cosas típicas: de dónde somos, porqué estamos allí… Lo más curioso fue que cuando le dijimos que éramos españoles se empezó a emocionar todo, algo muy raro en los japoneses. Nos dijo que le encantaba Picasso, Dalí, Gaudí… Sobre todo porque él era artista, un artista local que se encargaba de dar a conocer Nagano al mundo. En un acuerdo con el ayuntamiento se dedicaba a hacer murales en las estaciones de metro y tren plasmando la vida de los macacos con su estilo particular. Fue una charla muy agradable y tuvo el detalle de regalarnos unas postales hechas con sus dibujos, un detalle por su parte y que guardo con mucho cariño.

Después de esta charla, decidimos sentarnos a tomar algo en la única cafetería que había en la zona, que he de decir que era un local con un estilo muy europeo y moderno con camareros muy jovencitos. Aquí no tuvimos ningún problema con el idioma ya que todos sabían inglés, algo que me pareció lógico si era el único local en la zona. Recuerdo que Isaac, a pesar de la baja temperatura que hacía se pidió un helado y nos quedamos alucinados con el pedazo helado que le trajeron. Pero lo mismo pasó con el café que me pedí, ¡También era enorme! Hasta el momento, las porciones de comida que habíamos visto eran normales e incluso pequeñas para algunas personas europeas, pero esto nos había descolocado por completo… Quizá como era pensado para turistas habían adaptado las porciones y proporciones a Europa, o no sé… pero la cuestión es que nos lo comimos todo.

Entre charlas, risas y un poco de internet se pasaron las 2 horas y nos fuimos a la parada del autobús. Allí nos encontramos de nuevo con la pareja de ingleses y empezamos una conversación sobre nuestra estancia en Japón. Supimos de ellos que era la segunda vez que viajaban a Japón. La primera vez, habían venido porque el hombre estaba interesado en las artes marciales japonesas y en concreto, habían venido al funeral de su profesor de artes marciales fallecido. Esto me impresionó mucho porque debió de ser muy importante para él aquel profesor para desplazarse desde Inglaterra a Japón.

Hablando y hablando nos dimos cuenta de que eran una pareja muy viajera porque al parecer habían visitado bastantes lugares del mundo. Uno de los lugares que visitaron fue India, un lugar que consideraron como uno de sus favoritos, sobre todo Goa. Me gustó mucho ver unas personas de edad avanzada que, a pesar de eso, siguen teniendo el espíritu viajero. Este es uno de mis mayores deseos en la vida, seguir manteniendo la ilusión y el espíritu viajero a pesar de todo…

Cuando llegamos a la ciudad de Nagano serían sobre las 17:00 y como apenas había llegado al 50% de actividad diaria en la pulserita fitness decidimos ir a dar un paseo por la ciudad. Caminando y caminando, perdiéndonos por las calles de la ciudad y sin sentido, llegamos a una zona donde se encontraba el templo Zenkoji.

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Templo Zenkoji

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Templo Zenkoji

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Templo Zenkoji

Zenkoji es uno de los templos más importantes y populares de Japón, un templo que, a pesar de eso, no teníamos pensado visitar porque preferíamos ver a los macacos en su hábitat. Este templo, según leímos, fue fundado en el siglo VII y en él se guarda la primera estatua budista que se introdujo en Japón en siglo VI, cuando se introdujo el budismo como religión en el país. La estatua original está oculta y solamente se muestra al público cada 6 años y durante unas pocas semanas, pero tienen una réplica expuesta al público.

La importancia del Zenkoji en el desarrollo de la ciudad de Nagano fue fundamental. Muchas de las ciudades japonesas han evolucionado gracias a las localizaciones de un castillo, de un templo o de una ciudad portuaria, pero en este caso de Nagano, lo hicieron alrededor de este templo.  Lo más característico y curioso de Zenkoji es que justo delante de la puerta principal se encuentran seis estatuas de tamaño medio de Jizo Bodhisattva, que simboliza que eran los guardianes del templo.

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Jizo Bodhisattva

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Jizo Bodhisattva

Antes de entrar al santuario nos encontramos con una calle llena de tiendas, pero claro, al ser las seis de la tarde, estaban todas cerradas, lo mismo que nos había pasado en Nikko y en Matsumoto.  A pesar de eso, para nosotros fue un momento genial ya que apenas había gente y la calle era literalmente toda para nosotros. Además, como estaba oscureciendo, el cielo era de un color rosado y con el templo de fondo hacía del lugar un escenario mágico.

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Nagano

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Nagano

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Nagano

Visitamos todo el recinto a nuestro antojo por fuera, parándonos en los pequeños detalles que son los que marcan la diferencia, observando el mimo con el que las flores estaban plantadas, observando a las carpas japoneses y tortugas que estaban en un estanque aledaño… Disfrutamos mucho de ese momento y la belleza de aquel lugar hizo que nos olvidáramos de la pérdida de tiempo que habíamos tenido en el Jigokudani Monkey Park.

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Zenkoji Templo

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Zenkoji Templo

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Zenkoji Templo

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Zenkoji Templo

De regreso al hotel, hicimos una pequeña parada en el supermercado y compramos unas cuantas cosas que si vas a Japón tienes que probar. La mejor y nuestra favorita a parte del Té Matcha por supuesto, era el Kit Kat de Matcha ¡Estamos enganchados a la Matcha! ¡Nos encanta! ¡Incluso ahora cuando viajamos lo seguimos comprando!

Cuando llegamos al hotel fuimos a la azotea a disfrutar de nuestra cena no incluida en el precio pero sí en la habitación (si quieres entender mejor este concepto te recomiendo que te leas el Capítulo Anterior) Esa noche, nos dieron una especie de butifarra guisada con brécol y patata, no es que fuera mi comida favorita pero estaba buena y disfrutamos de ella.

Antes de dormir, recogimos toda nuestra ropa porque al día siguiente dejaríamos la ciudad con destino: Kyoto.

Si quieres leer el capítulo anterior porque te lo has perdido clica aquí.

Muchas gracias por leernos y animarnos a seguir trabajando.

¡Muchos besos!

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