JAPÓN: Capítulo 4

KAMAKURA Y YOKOHAMA

Después de haber pasado la segunda noche en el hotel, ya lo teníamos todo controlado: el ritual del desayuno, las cosas ricas que tenía el buffet para comer, lo que nos gustaba, lo que no… Así que una vez listos, nos lanzamos a por nuestro segundo día de aventura nipona.

Este día habíamos planeado pasar el día en Kamakura y Yokohama, un pueblo y una ciudad el sureste de Tokio, que estaban a una hora en tren del centro de la ciudad. Por este motivo estábamos un poco nerviosos, ya que este iba a ser el primer día que íbamos a coger un tren de cercanías.

Salimos del hotel y fuimos caminando durante unos veinte minutos hasta la estación central de Shinjuku. Al igual que el día anterior, la ciudad era sólo nuestra. Con la luz de la mañana y casi todo desierto, te dabas cuenta de la magnitud del lugar, una ciudad que se había visto obligada a crecer hacia arriba por problemas de espacio. Otra de las cosas curiosas que podíamos observar era que los negocios-tiendas que nosotros encontramos normalmente en las plantas bajas de los edificios, aquí se encontraban en las plantas superiores. De esta manera, te podías encontrar en el primer piso de un edificio un restaurante, en el siguiente una peluquería, en los niveles superiores un karaoke… todo dentro de un mismo bloque.

Cuando llegamos a la estación nos dimos cuenta de que era plena hora punta para los tokiotas, sin embargo no nos sentíamos agobiados, para nada. Afortunadamente, en esta estación no había pushers.

Como teníamos apuntado el tren y andén que teníamos que coger (lo habíamos mirado en una aplicación que nos habíamos descargado especialmente para saber los horarios de tren), no tuvimos problema. Sin embargo, si no te mirabas estos datos antes, te puedo asegurar que era prácticamente imposible que pudieras coger el tren correcto. La gente no hablaba inglés, ni los revisores, así que si no quieres tener sorpresas, mejor míratelo con antelación. Afortunadamente, a nosotros nos salió todo rodado y no tuvimos ningín problema.

Mientras llegaba nuestro tren, pudimos ver como en el andén se juntaba la gente que iba al trabajo (hombre y mujeres que iban a la oficina vestidos con traje y arreglados), escolares con diferentes uniformes dependiendo del colegio al que iban… Pero aunque os parezca mentira, todos llegaban en el momento exacto en el que el tren llegaba a la estación, ni un minuto más ni un minuto menos, ¡Impresionante!

Una vez en el tren y ya de camino a Kamakura, la primera ciudad que íbamos a ver, el tren de repente se detuvo en una estación más tiempo de lo normal… Al principio pensábamos que era habitual, que se podía tratar de una parada para ajustar tiempos o algo así. Sin emabrgo, cuando empezamos a ver que la gente emmpezaban todos a llamar por teléfono y a hablar algo alterados (lo que no es normal en ellos), a moverse nerviosos en sus asientos y a la vez, emitían un mensaje por megafonía, deducimos que se trataba de retraso o algo así. ¡Vaya casualidad! ¡La primera vez que nos subimos en un tren de cercanías y nos encontramos con retraso!

Estuvimos una hora parados, aproximadamente, lo que nos supuso el no poder visitar uno de los templos que teníamos previsto. Pero bueno, estas son cosas que pasan en los viajes, imprevistos que suceden sin contar con ello.

Cuando llegamos finalmente a Kamakura, fue como si llegáramos a un remanso de paz en comparación con Tokio. Kamakura es una ciudad costera, a la que también llaman el Kyoto de Tokyo por su gran número de templos y santuarios. Nosotros principalmente íbamos a Kamakura porque queríamos ver su Buda gigante.

Cuando salimos de la estación vimos que el pueblo estaba lleno de las típicas casas japonesas, con tres plantas de altura como máximo. La calle que llevaba al templo lo formaba un barrio lleno de estas típicas casas de bambú, un típico barrio resindencial. Nos encantó porque era muy cuco todo y sobre todo nos gustó, porque era la primera vez en el viaje que veíamos ese tipo de casas.

Cuando empezamos a ver más turistas como nosotros (en todo el tiempo anterior sólo habíamos visto gente japonesa), nos dimos cuenta de que el templo debía de estar cerca.

Cuando llegamos a la entrada del templo, compramos la entrada y nos dieron un ticket. Pues después de que te daban el ticket, no había nadie más que te comprobara que habías pagado por entrar en el templo, es decir, que si no comprabas el ticket y entrabas directamente en el templo nadie se iba a enterar de que no habías pagado. Nos gustó mucho el darnos cuenta de que los japoneses son una gente honrada y con valores, ¡cuánto teníamos que aprender!

Una vez comprabas el ticket, entrabas en el templo a través de un sendero rodeado de bambú. De esta manera, cuando lo seguías ibas viendo como poco a poco el Gran Buda iba apareciendo ante tí. El Gran Buda de Kamakura tiene una altura de 13,35 metros y es la segunda estatua más alta de Japón, solo es superada por la estatua del templo de Todaiji, de Nara, que también iríamos a verla. La estatua se construyó en 1252 y originalmente se encontraba dentro de un templo. El templo fue destruido en varias ocasiones y desde 1495 se encuentra al aire libre.

La primera impresión que tuvimos al ver aquel Buda fue de dejarnos con la boca abierta. ¡Qué estatua tan impresionante! ¡Qué dimensiones! Además del lugar, el día acompañaba, hacía un sol radiante y además el lugar era tan relajante que transmitía unas sensaciones muy especiales… ¡Qué más podíamos pedir! ¡Era un lugar con encanto!

En el templo apenas había turistas occidentales, la mayoría era gente japonesa que estaban rezando y pidiendo sus deseos y algún grupo de alumnos que estaban de excursión. Nosotros estábamos allí en medio cuando una señora con su madre ya mayor, nos pidió, por gestos, que nos hiciéramos una foto. Nosotros entendimos que teníamos que hacerles a ellas una foto ¡pero no! ¡querían una foto pero con nosotros! Nunca me había pasado que alguien me pidiera para hacerse una foto conmigo y la verdad es que me sentí algo fuera de lugar, pero como la anciana era adorable, accedimos encantados. Para tener nosotros un recuerdo también de ese momento, nosotros también le pedimos una foto a ella, aquí os la dejo. ¡A que era adorable!

(Varios días después de este suceso, entendimos el interés de la mujer por hacerse la foto con nosotros… Al parecer, los japoneses suelen hacer sus vacaciones dentro del país ya que apenas tienen una semana de vacaciones al año, lo que les impide viajar lejos. Por este motivo la gente occidental les llama tanto la atención, porque no están acostumbrados a verlos).

Una vez hecha la visita regresamos a la estación, nuestro tiempo en Kamakura había terminado lamentablemente. De camino, nos encontramos con algunos puestos callejeros de comida que realmente me parecieron muy antiguos y como no decirlo, caseros… Estaban literalmente en el bajo de las casas y era como el trabajo para la gente muy mayor. Deduje que aquella gente era jubilada y que para hacer algo con su tiempo, ponían un puesto de frutas, verduras… debajo de sus casas, y de paso ganar algún dinerillo. Pero sobre todo, para darle importancia a la gente mayor, algo muy importante para la sociedad japonesa.

Fue en uno de estos puestos donde compramos unos plátanos y unos kiwis para la cena (además estaban mejor de precio que en la ciudad, aunque seguían siendo caros). Una ancianita nos atendió y para calcularnos el precio ¡Utilizó un ábaco! ¡Eso que en España ya no sabemos lo que es! Fue una experiencia ver a la mujer, con toda la paciencia y tranquilidad del mundo, calcular el precio de la fruta.

Ya en la estación, teníamos un poco de lío, de nuevo Isaac decía una cosa y yo otra, pero gracias a una señora muy amable que nos indicó que la siguiéramos, ya que ella también iba a Yokohama, no tuvimos problema. En un principio he de decir que me costó confiar en ella, por como estamos acostumbrados en España, que no te puedes fiar mucho de la gente, pero ¿nos iba a hacer algo esa señora de mediana edad? ¿ y en Japón? He de decir qu fue tanta la amabilidad y atención, que durante el viaje estuvo pendiente de nosotros para que nos bajásemos en la parada adecuada. Fue un gesto muy bonito por su parte.

Cuando llegamos a Yokohama nos impresionó mucho las infraestructuras que tenían: carreteras a diferentes niveles, puentes peatonales para pasar de un lado a otro de la carretera, más rascacielos justo al salir de la estación… Yokohama es la segunda ciudad más grande de Japón, con una población de más de 3.000.000 habitantes y además se encuentra a menos de media hora al sur de Tokio en tren. La zona en la que nos econtrábamos se llamaba Minato Mirai 21, una zona junto al mar en el centro de la ciudad, cuyo nombre significa Puerto del futuro. Realmente es un barrio muy moderno, y allí se encuentra la Torre Landmark, el ediificio más alto de Japón desde 1993 hasta 2014.

Antiguamente esta zona era un gran astillero y no fue hasta la década de los 80 cuando se inició el desarrollo para convertirlo en un nuevo centro de la ciudad. Situado a lo largo de la línea de costa, las construcciones de la zona de Minato Mirai forman el horizonte distintivo de Yokohama. La característica más reconocible de esta isla es la noria Mundial Cosmo, que muestra la hora, y fue por un periodo de tiempo el reloj más grande del mundo.

Para llegar hasta allí pasamos por la zona exterior de un centro comercial que tenía una terraza que daba a la línea de costa. Eran unas vistas preciosas ya que Yokohama tiene uno de los puertos comerciales más importantes de la zona de Tokio. Rascacielos, un puente similar al de San Francisco pero en color blanco, un gran espacio abierto… un lugar que te llamaba para que te quedaras unos minutos admirándolo.

Mi sorpresa fue que, cuando me asomé a la barandilla para ver un poco más de cerca a la costa, a mano derecha, había una terraza en la parte inferior que me llamó la atención. De repente, ¡vi un cartel de Nissan al lado de una cafetería Starbucks! Era alucinante, parecía que el destino estaba escrito, ¿cómo podía ser que allí hubiera algo de Nissan? ¡Y lo mejor de todo es que parecía una galería con coches expuestos! No me lo podía creer ¡ La Nissan Gallery estaba allí! Contenta le dije a Isaac que se girara para verlo conmigo y su cara fue todo un poema! En cuanto vio el cartel, literalmente empezó casi a correr en esa dirección con cara de sorpresa, alegría… ¡Qué suerte había tenido! al final, no se iba a ir de Japón sin ver su famoso y querido Nissan GTR.

Cuando entramos en la galería he de decir que me impresionó muchísimo la inmensidad de la sala, porque estaba toda llena de coches de la gama Nissan. Sin embargo, el nuevo modelo de Nissan GTR era la joya de la corona, y lo tenían expuesto en el centro de la sala. Mira si tuvimos suerte, que justo en ese momento que nosotros estábamos entrando en la galería, se estaba iniciando la presentación. Al lado del coche, había una azafata que en directo empezó a describir este nuevo modelo. Lo malo es que era en japonés y no nos enteramos mucho, pero íbamos deduciendo algo con sus gestos…

La cara de Isaac era un poema, nunca le había visto tan contento, bueno sí, a excepción de cuando lo condujo en el verano de 2013 en Lloret de Mar. Estaba viendo su coche favorito en la sede principal de la marca, eso es lo máximo a lo que se puede aspirar, aunque bueno, para Isaac lo máximo, seguro que sería conducir el Nissan GTR por Japón, pero ¡todo en esta vida no se puede tener!

En la galería se podían ver todos los modelos del Nissan GTR, desde sus inicios hasta el último modelo y todos eran espectaculares. Aunque en el nuevo Nissan GTR no te podías subir, en el resto de coches sí podías hacerlo, por lo que estuvimos un buen rato subiendo y bajando de cada uno de los modelos de la marca.

A mí me llamó mucho la atención el Nissan Cube, que es un coche súper raro, que parece una caja de cerillas. Como tengo un gusto un poco especial para este tipo de cosas, este coche me encantó. Era un coche muy confortable y divertido, y en aquel momento ya me imaginaba conduciéndolo con mi Lúa dentro del maletero (mi perrita). Pero lo mejor del coche es que era de color turquesa y tenía una alfombra de pelo largo en el suelo, era muy hortera, pero para Japón, ¡este tipo de coches era normal y a mí me encantaba!

Cuando salimos de allí ya era la hora de comer y en el lugar en el que estábamos, llenos de edificios residenciales, no había mucho por dónde elegir, así que entramos en el primer lugar que encontramos.

Era un local un poco extraño ya que tenía una mezcla de estilos: entre moderno y tradicional, no sé, algo difícil de encajar visualmente. Parecía un buffet libre japonés, pero en realidad lo único que tenía libre era la bebida, vamos un lío. Al igual que el día anterior, la hora crítica para nosotros era la hora de comer, el momento en dónde empezaban nuestros pequeños problemas… Gracias a Dios, en este local, una de las camareras sabía inglés y fue la que nos atendió y gracias a ello, pudimos pedir un poco de ensalada, arroz, carne… Todo estuvo muy rico y ¡nos llenó bastante! A la hora de pagar, para no tener mucho lío, buscamos a la misma camarera que sabía inglés y ella nos ayudó muy amablemente.

Saliendo del restaurante y llegando a Minato Mirai, nos encontramos una escultura metálica que nos llamó mucho la atención. Como era un día soleado, la escultura brillaba por todos los lados y nos hicimos unas cuantas fotos. Era una localización súper bonita para la escultura, en medio de los rascacielos. La calle era muy amplia, con zonas ajardinadas y además había una fuente como la de Playa de Aro, en donde salían chorros de agua del suelo. Fue muy gracioso porque todo estaba lleno de niños pequeños de entre 1 y 2 años en pañales y que se lo pasaban bomba jugando con los chorros.

Pronto llegamos a la zona de Minato Mirai, y lo que más no llamó la atención fue su noria gigante, la verdad es que era tal cual habíamos leído.

Seguimos paseando y llegamos a una explanada, con zonas verdes, donde un edificio de ladrillo rojo llamaba la atención de todos. Ese edificio nos recordaba a los edificios que había en el puerto de Sídney, donde llegaban los pasajeros después de las largas travesías. ¡Qué recuerdos tan bonitos de Australia! (tengo que escribir un post de Australia pero ¡ya!) Sin embargo, este edificio había sido una antigua fábrica que ahora, reformada, albergaba el Museo del Noodle y varios restaurantes.

Lo que más nos sorprendió fue que había un montón de escolares que iban de excursión, en este caso al museo del Noodle. La verdad es que nos daba la sensación de que los alumnos de Japón hacían muchas excursiones.

Como estábamos algo cansados y hacía mucho calor, decidimos sentarnos a la sombra observando las vistas del museo del noodle y de la línea de costa. Allí sentados pudimos ver como los jardineros de la ciudad de Yokohama arreglaban las zonas verdes y la verdad es que he de decir que eran un montón de jardineros para una zona tan pequeña. Sería una zona como una pista de tenis, y por lo menos contamos 10 personas allí trabajando. Tengo que decir que estaban dejando el césped rozando la perfección en el corte. En España para una zona similar a la que os digo, habría sólo una persona trabajando. Ahora entendíamos porqué la tasa de paro era tan baja en Japón, aquí se contrata gente para cada tipo de faena: uno corta el césped, otro lo recoge, otro lleva el saco de hierba al contenedor… mientras que en España todo eso lo hace una persona sola…

El camino de regreso a la estación lo hicimos todo por la orilla del mar, disfrutando de las vistas. La verdad que fue un paseo bastante agradable, pero sobre todo porque estábamos a la sombra. ¿He dicho que hacía mucho calor? No os podéis imaginar la temperatura que hacía, porque para que nosotros, que nos gusta tanto el sol, nos pongamos a la sombra…

Cuando llegamos al Downtown (que justo estaba al lado de la estación de tren) vimos que era muy similar a la zona de Shinjuku. Todo estaba lleno de letreros luminosos, locales de ocio, tiendas y sobre todo mucha gente.

Fue aquí cuando vimos por primera vez a la típica gente que en España reparte panfletos, pues aquí repartían kleenex y en vez de anunciar la promoción de la pizza 2×1, por ejemplo, aquí aniunciaban chicas de compañía, al parecer algo muy habitual en Japón. Nosotros los cogimos como recuerdo curioso del viaje.

Vistamos algunas de las tiendas de la zona, pero las tiendas más curiosas eran las farmacias ya que parecían de todo menos farmacias. Todos los productos estaban mezlcados, colocados como si fuera un super chino y en las farmacias, además de medicamentos, se vendían otros artículos como jabones, productos de limpieza, cremas… pero no cremas de farmacia tipo la Roche Posay, etc, no, cremas como las que encontramos en el supermercado… Super diferente.

Sobre las 7 de la tarde nos fuimos de regreso a Shinjuku. El cansancio ya se empezaba a notar… Pero antes de irnos al hotel paramos en el supermercado Family Mart para comprar algo para cenar, aunque, como todo estaba en japonés, fue un poco al azar. Nos decantamos por unos noodles que, por los dibujos, deducimos que sería de pollo o verduras, pero por si acaso nos equivocábamos, nos cogimos fruta y yogures, just in case…

Al llegar al hotel, cuando calentamos el agua para los noodles, ya me di cuenta de que no había acertado con mi cena… No sé porqué, no me gustaron, pero no eran de pescado… por lo que me tocó cenar yogur y algo de fruta. Como esto era una lotería, Isaac sin embargo disfrutó mucho de los suyos, ¡él había acertado de lleno! Sin duda, era su día de suerte…

Y con esta cena, nos pusimos a dormir para recargar las pilas para el día siguiente.

 

 

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